Romanos 6: Muertos al pecado, vivos para Dios

Es tan simple como esto.  Yo necesito a Dios.  Necesito de su misericordia, amor, gracia y poder.  Sin él, no puedo tener contentamiento, paz ni gozo.  El es mi norte, es aquel que quiero que sea la base de mis decisiones y acciones.  Solo en él puedo confiar. Y él es mi refugio.

Al ser bautizado, yo me identifiqué con su muerte, para un día también resucitar con él.  Como dice Pablo: “Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.”  Yo estoy en estos momentos andando en la vida nueva que Dios me dio.  Esa vida nueva no va a comenzar cuando muera, sino que comenzó el día que reconocí que era pecador, pedí perdón y le pedí a Jesucristo que entrara a mi vida.  Ya yo no sirvo más al pecado sino que le sirvo a Dios.  ¿Perfecto?; claro que no; ¿redimido?; claro que sí.  En la cruz, mi “viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido”, para que así yo no le sirva más al pecado.

Al fin y al cabo, todo esto trata de morir y resucitar.  Yo tengo que morir al pecado, tengo que morir a la carne y a la vieja criatura con sus cosas.  Yo tengo que resucitar y vivir para Dios. “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él . . . . Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”   He muerto al pecado pero estoy vivo para Dios.  Ya no tengo que obedecer al pecado y a sus malos deseos porque he resucitado juntamente con Cristo a una vida con Dios.  El vivir para Dios significa que la prioridad para mí es vivir una vida que le agrade, que busque hacer sus cosas y atender sus negocios, que busque poco a poco vivir conforme al corazón de Dios.  Ya no puedo prestar ni mi cuerpo, ni mi dinero, ni mi tiempo a las cosas que me apartan de Dios sino que tengo que usar todo lo anterior “como instrumentos de justicia.”  Ya el pecado no tiene poder sobre mí, porque no soy mas esclavo de la ley sino que estoy sujeto a su gracia, el generoso amor de Dios.

Algunos piensan, si ahora estoy bajo su gracia significa que ya puedo pecar porque al fin y al cabo ya no hay nada que me condene.  Es todo lo contrario.  Si practico el pecado significa que estoy bajo su control y que por lo tanto no soy siervo de justicia.  Hay que diferenciar entre pecar y practicar el pecado.  El que practica el pecado está bajo su control e influencia y lo único que quiere es satisfacer los deseos de la carne.  El hijo de Dios que peca, sabe que ha hecho mal, desea no volverlo hacer, pide perdón y cada día se entrega a Dios buscando separarse y perfeccionarse para Dios.  Al fin de cuentas, “la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”  El me dio vida eterna por lo cual vivo completamente agradecido a él.

Oración:  Dios, en estos momentos te presento todo mi ser, quiero ser santificado en ti y presentar mi vida para tu servicio.  Deseo ser siervo de justicia, llevar fruto que sea agradable a ti y vivir mi vida confiando que tú estás en control y que tú me vas a dirigir en cada paso que doy.  Deseo alejarme del pecado y acercarme a ti.  Te lo pido en el nombre de Jesús, ¡amén!

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