Romanos 7: Lucha contra el pecado

Para explicar como funciona la vida cristiana, Pablo utiliza en este capítulo la analogía del matrimonio.  Mientras el marido esta vivo, la mujer si se une a otro varón adultera, porque es la ley.  Pero si el marido muere, ella esta libre de esa ley así que puede casarse con otro y no adultera.  De la misma manera, de la única forma que podemos librarnos de la ley que nos condena es si morimos a ella a través de Cristo para que seamos de él y podamos llevar fruto a Dios.  Pablo entonces procede a sacar a la luz el conflicto que se presenta cuando una persona imperfecta se compromete a un Dios perfecto.

Aunque tengamos buenas intenciones, el pecado que esta en nosotros toma el control.  No importa el esfuerzo que pongamos, muy pronto descubrimos que no tenemos fuerzas para hacer el bien.  Podemos tener el corazón en el sitio correcto, pero cuando ejecutamos lo hacemos incorrectamente, porque el pecado que esta en mi me controla validado por la ley.  Así que termino haciendo el mal que no quiero hacer en vez del bien que en mi corazón desearía hacer.  Según Pablo, esto demuestra que la ley es buena, es espiritual pero lo que gobierna mi carne es el pecado que mora en mí.  ¡Qué real es esto en nuestras vidas!

Cuando de niño se nos dice que no pongamos las manos en la estufa, esto se convierte en la ley.  Esto hace que nos llame mas la atención lo que antes ni nos importaba.  La regla es buena, porque si la siguiéramos, nos evitaríamos una quemadura, pero ahora que la conozco hay algo en mí que me impulsa a desobedecerla.  Finalmente nos acercamos, nos quemamos y tenemos que sufrir las consecuencias en nuestra carne de lo que hicimos.  Algo así es la lucha que todos padecemos, sabemos el bien pero a veces hasta sin darnos cuentas, hacemos el mal que no deseamos.  Esto es solo evidencia del pecado que esta en mí.  También evidencia mi incapacidad de dominar mi pecado.  Por eso es que exclamamos con Pablo: ¡Miserable de mí!  ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? 

La respuesta la da él mismo cuando dice Jesucristo.  Solamente muriendo al pecado y naciendo de nuevo con Cristo podemos salirnos de ese circulo vicioso.  Voy hacer lo bueno, no por mis propias fuerzas sino porque Cristo vive en mí.  Cada día quiero llenarme más de él.  Cada día quiero conocerle mejor.  Cada día quiero aprender a confiar en él.  El en mi me dará la victoria y me librará del mal.  Finalmente, no solo pensaré hacer el bien, sino, que con él podré hacer lo que anhelo en mi corazón, agradarle.

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