Efesios 4: Unidad y dones

El Espíritu trae unidad.  Y esta unidad hay que guardarla en paz.  Hay varias cosas de esa unidad que son únicas pero sobre todas ellas está Dios.  Ese Dios todopoderoso “es sobre todos, y por todos, y en todos.”  El pasaje nos sigue diciendo que “a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.”  ¿Qué quiere decir esto?  Básicamente que cada uno de nosotros ha recibido los dones que Cristo nos ha querido dar.  La procedencia de los dones en el cuerpo de Cristo es bien clara.  Los dones no es algo que nosotros podemos decidir por nuestra cuenta ni podemos seleccionar.  Los dones provienen de Dios y Cristo es quien finalmente decide que es lo que va a dar al cuerpo.  Esto hace sentido, porque lo último que necesita el cuerpo de Cristo es que todo el mundo tuviera los mismos dones y que no hubiera un balance en su distribución, de la misma manera que el cuerpo humano no puede ser solamente ojos o brazos y nada más.

Pablo procede a dar una lista de estos dones y ministerios.  El señala: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros. . .”  Todo esto tiene un solo propósito que es el de exaltar el nombre de Cristo.  Al fin y al cabo, los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros tienen como meta que estemos perfectamente capacitados para conducir la iglesia, o sea, para edificar el cuerpo de Cristo.  Esto nos lleva a que tengamos una misma fe y un mismo conocimiento del Hijo de Dios.  De esta forma es que los dones nos llevan a la unidad en el Espíritu. 

Este conocimiento resulta en que no seamos mas como niños, “que cambian fácilmente de parecer y que son arrastrados por el viento de cualquier nueva enseñanza hasta dejarse engañar por gente astuta que anda por caminos equivocados.”(DHH).  Por eso es que tenemos que orar y crear las condiciones para que todos los dones sean manifestados en la iglesia.  Por ejemplo, la iglesia necesita que se manifieste el don de discernimiento de espíritus porque de esa manera podemos identificar a aquellos que vienen con ideas o “espíritus” que no provienen de Dios.  Solamente cuando todos los dones se manifiestan y se utilizan en la iglesia es que podemos tener una iglesia saludable.

La otra parte que me llama la atención es cuando Pablo nos dice: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.”  Esto de despojarse del viejo hombre es bien difícil.  Es parte de nuestra vieja naturaleza pecaminosa y por lo tanto se aferra fuertemente a nosotros.  Hay días que nos sentimos renovados en el espíritu pero hay otros días que nuestra inclinación a ser lo que no debemos es bien fuerte.  Esa es la lucha que Pablo habla en Romanos 7.  Pero clamamos al final del día como Pablo que dice: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.  Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.”  ¡Aleluya!

La última advertencia que Pablo nos da con respecto al Espíritu Santo es la siguiente: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.”  En otras palabras, “No hagan que se ponga triste el Espíritu Santo de Dios, que es como un sello de identidad que Dios puso en ustedes, para reconocerlos cuando llegue el día en que para siempre serán liberados del pecado.”  ¿Como podemos contristar o poner tristes al Espíritu Santo?  Cuando, luego de conocer a Cristo y el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, obstinadamente queremos vivir en la carne, con el viejo hombre, y persistimos en pecar a pesar de que el Espíritu le indica a nuestro espíritu que no lo debemos de hacer.  Solamente mi obstinación en seguir con amarguras, enojos, iras, griterías e insultos, y continuar haciendo el mal, puede resultar en poner triste al Espíritu Santo en mí. Es mi oración que por el contrario, yo busque ser bueno, compasivo, y perdone, como Dios me perdonó a mí.

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