Hebreos 11: La fe

Luego de leer los capítulos anteriores y llegar a este me recuerda algo que leí en una ocasión sobre una niñita en la escuela dominical que se le pidió que dijera lo que ella creía que era la fe.  Ella dijo: “Fe es obedecer a Dios sin hacer preguntas.”  Eso es lo que me parece la lista de estos héroes de la fe.  En ocasiones, algunos hicieron preguntas, pero no necesariamente recibieron respuesta o la entendieron, pero al fin y al cabo obedecieron a Dios.

Se nos da una definición de fe: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.  O como dice la TLA es estar totalmente seguro de que uno va a recibir lo que espera o que algo existe, aun cuando no se pueda ver.  Esto es lo que el mundo no puede entender.  Yo creo que Dios creo los cielos y la tierra y no necesito a los científicos que me lo prueben.  No solamente eso, antes de que conociera la teoría del “Big Bang”, creo que Dios formó el universo de la nada por medio del poder de su palabra.  ¿Increíble?  Claro, pero ese es mi Dios.  ¿Y por qué lo creo?  Porque lo dice las escrituras: “Por la fe, sabemos que Dios con una orden creó el mundo. Esto significa que el universo no surgió de lo que se ve. (PDT)”

Sabemos que sin fe es imposible agradar a Dios.  Al fin de cuentas, para poder acercarse a Dios, uno tiene que creer que existe y que premia a los que le buscan.  Abel, Enoc, Noé y Abraham son algunos ejemplos de esa fe que agrada a Dios.  Es interesante notar que estos ejemplos que dan las escrituras no necesariamente obtuvieron todo lo que querían.  El más notable lo es Abel que fue asesinado por su hermano Caín.  ¿Por qué entonces insistimos en querer ver la fe como una bala mágica que resuelve todos los problemas?  ¿Cuántas veces hemos escuchado a los que dicen que si tenemos suficiente fe prosperaremos o nos mantendremos sanos o tendremos suficiente dinero para lo que queramos?

En este libro yo veo otras cosas.  Yo veo palabras como “perseverar”, “soportar”, y no “perder la esperanza”.  Esto no es un paseo en el campo, pero la recompensa al final hace que valga la pena.  Si creo, soy salvo, si le obedezco, él me bendice, pero no necesariamente como el mundo esperaría que lo hiciera, sino cómo solo Dios sabe hacerlo.  Hay una patria celestial que me espera, una ciudad que voy a ir a morar, voy a dejar de ser extranjero y peregrino porque al final del día soy ciudadano de un reino establecido por Dios.

Pienso no solamente en los héroes que aquí se mencionan por nombre, sino también en aquellos que no conozco sus proezas pero el pasaje los reconoce.  Son aquellos que “experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra.”  Al pensar en ellos me doy cuenta de lo bendecido que he sido por Dios, que lo que pase por su Nombre, jamás comparara con lo que ellos pasaron.  Lo que único que deseo es que como ellos, sea fiel hasta el final y pueda alcanzar buen testimonio mediante la fe.

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