Santiago 4: Amigo del mundo, enemigo de Dios

¿De dónde vienen los problemas y las peleas en el pueblo de Dios?  En los círculos cristianos con mucha frecuencia decimos que vienen del enemigo, de Satanás y sus huestes que continuamente están atacando al pueblo de Dios.  La realidad es otra según Santiago, porque él nos dice: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?”  Estos problemas y peleas vienen de nosotros mismos, de nuestros deseos egoístas que siempre están librando una guerra en nuestro interior.  Hay que dejar de culpar al diablo y comenzar a culparnos a nosotros.  Si amamos a Dios y reconocemos nuestras faltas y malos deseos, podemos comenzar a sanar y Dios actuar en nuestras vidas para el bien de la obra.  No solo el pueblo de Dios se va a beneficiar, sino individualmente seremos bendecidos.  Esto es porque Dios va a comenzar a contestar y a darnos lo que pedimos.

Santiago nos dice que, “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.”  Es interesante ver que no solo lo que pedimos debe ser apropiado y a la persona correcta sino que la razón para pedirlo debe serlo también.  Vamos a pensar esto en orden.  En primer lugar, una de las razones por las cuales no tengo es que simplemente no se lo pido a Dios.  Y para pedirlo tengo que hablarlo.  ¿Con que frecuencia hablo (oro) con Dios?  Obviamente mi oración no debe ser solo para pedir por mí, pero ¿estoy pidiendo?   A veces pienso de que Dios conoce mis necesidades y por lo tanto no debo pedir para mí.  En realidad, aquí veo algo diferente.  Dios quiere que le pida, tal vez para que yo sepa de donde vino.  El pedirle a Dios es para mi beneficio, no solo por lo que recibo, sino también porque sin lugar a dudas sabré quien me lo dio.

En segundo lugar, si le pido a Dios puedo no recibir simplemente porque la razón por la que pido no es la correcta.  ¿Cuál es esa razón incorrecta?  Cuando lo hago para poder satisfacer mis malos deseos.  Vamos a ver un ejemplo.  Mi carro esta viejo pero funciona.  Mi vecino se compra un carro.  Ahora voy y le pido a Dios uno, no porque lo necesito sino porque lo que quiero es competir con mi vecino.  ¿Puede Dios darme un carro?  Claro que sí pero no solo se lo debo pedir a Dios sino que mis razones deben ser las correctas.

En tercer lugar, lo otro que puede afectar mis peticiones a Dios es el hecho de donde reside mi lealtad.  “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.”  ¿De quién quiero ser amigo?  Si lo soy del mundo, soy enemigo de Dios.  Genuinamente yo no quiero ser enemigo de Dios.  Si no quiero serlo tengo que aprender tres cosas: no debo ser orgulloso, debo acercarme a Dios con humildad y debo de resistir al diablo.  ¿Cómo lo resisto? “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.”  Tengo que entregarme a Dios, tomar una decisión, o Dios o el mundo de pecado, y si escojo a Dios, tengo que acercarme arrepentido a él, con convicción de pecado pero con el entendimiento de que me acerco al trono de la gracia de Dios para recibir su perdón.

Hay un detalle más que me llama la atención.  Es el hecho que no debo planear orgullosamente el mañana.  Con mi experiencia de ingeniero, siempre en esta profesión estamos planeando, tratando de controlar todas las variables, tratando de predecir resultados a través de todos nuestros planes.  Pero en las cosas de Dios se nos dice que debemos de depender completamente de Dios y hasta expresarnos de manera correcta, “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.”  Hacerlo de otra manera es orgullo y  ya el pasaje me dijo que Dios rechaza a los orgullosos.  No debo hablar como si fuera dueño del futuro, sino mas bien como aquel que su futuro está en las manos de Dios.

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Filed under Epístolas Generales, Santiago

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