1 Juan 1: Palabra de vida

No hay nada mejor que ser un testigo presencial.  Cuando uno ha estado en el lugar de los hechos, ha visto lo que ha pasado, ha podido tocar y examinar la prueba, hace que uno este preparado para testificar lo que vio, oyó y tocó.  Esto es lo que le pasa a Juan.  El habla, no con el conocimiento teórico o de terceros sino como de uno que estuvo allí y presenció al Verbo de vida.  Así que Juan nos escribe para que nos podamos alegrar en Cristo.

Es claro que hay una guerra espiritual.  De un lado están las fuerzas de luz y del otro se encuentran las de las tinieblas.  El líder de la luz lo es Dios porque “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.”  No podemos estar viviendo en las tinieblas y reclamar que estamos bien con Dios.  Tenemos que estar en la luz, en otras palabras, bien con Dios para poder reclamar que estamos unidos como hermanos y que hemos sido limpiados por la sangre preciosa de Jesús.  No se puede andar en tinieblas y reclamar que practicamos la verdad.  ¿Cómo me muevo entonces de las tinieblas a la luz?

En uno de los grandes versículos de la Biblia que está en este pasaje se nos dice:  “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.”  ¿No es esto maravilloso?  Si reconozco ante Dios que he pecado, puedo estar seguro de que él me va a perdonar, y no solo eso, sino que me va a limpiar de toda maldad.  Esto es una gran promesa.  Tengo que venir delante de él y decir, he pecado, te he ofendido, he tratado y no lo logré.  Tu eres mi única esperanza, perdóname y límpiame.  Si hago esto sinceramente de corazón voy a recibir perdón y voy hacer limpio.

No hay nada que yo pueda hacer para merecer esto.  Dios cuando dio a su Hijo por mí, yo no lo merecía, pero él lo quiso hacer por su amor y por su justicia.  Estoy agradecido por él darme la oportunidad de pasarme a la luz.

Siempre habrá quien diga, en realidad, yo soy bueno y siempre me he portado bien así que debo de ser de él.  Pero se nos dice claramente que, “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.”  ¿Quiero que su palabra y vida esté en mi?  Tengo que reconocerme pecador y reconocer que necesito de él.  Con eso, al creer y obedecerle, tendré vida eterna y habré pasado de muerte a vida.  ¡Gracias Dios por hacerme hijo de luz y limpiar mi maldad!

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