Romanos 7: El pecado que mora en mí

Leí una historia de un cazador que en una ocasión estaba observando una águila majestuosa volando por los aires.  El notó de repente que el águila empezó a plegar las alas  y a descender.  A muy poca distancia caía muerta.  El cazador se acerco al animal en la tierra cuando observó una pequeña víbora que salía de unas de sus alas.  Parece que allí, la pequeña serpiente, se había escondido cuando el águila alimentaba a sus aguiluchos en el nido.  Mientras volaba en las alturas, la víbora la mordió y poco tiempo después el mortífero veneno surtía su efecto.

En esto es lo que este pasaje me hace pensar.  Uno puede querer volar bien alto, uno puede pensar que puede controlarlo todo, que solo depende de uno pero en realidad hasta que no breguemos con la serpiente de pecado que esta en nuestras alas, de seguro vamos a caer a tierra y moriremos espiritualmente.  Lo primero que tengo que hacer es reconocer que hay en mi algo que no debe de estar.  Tengo que reconocer que estoy llevando el pecado en mi naturaleza y que por lo tanto solo un cambio de naturaleza lo puede remediar.

Es interesante notar que el conocimiento de la ley, algo que es bueno, se convierte en algo que me condena, porque el saber que no puedo hacer algo, me atrae a hacerlo.  Eso no significa, por ejemplo, que robar estaba bien hasta el día que supe que robar era pecado.  Lo que quiere decir es “que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.”  La ley lo que hizo fue por medio del mandamiento “no robarás” mostrar lo terriblemente malo que era hacerlo.  Pablo declara “que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.”  El problema no esta en la ley, el problema está en mí.

El problema está en que soy carnal, vendido al pecado.  Soy simplemente un hombre que no puede controlar sus malos deseos.  Nadie puede lograrlo porque somos esclavos del pecado.  Esto me lleva a no hacer lo bueno que quiero hacer sino lo malo que no quiero hacer.  Como dice Pablo: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.”  Mientras trate de poner mi más genuino esfuerzo en portarme bien y hacer lo que entiendo que es bueno, no lo voy a lograr, porque ese pecado está en mi naturaleza.  Entonces, “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”  Tengo que reconocer que con mis propias fuerzas no puedo, que necesito una nueva naturaleza, necesito un nuevo nacimiento, necesito un Salvador.

Al comenzar a leer el capítulo, la impresión es una de que no hay remedio, esto es más grande que yo, no hay nada que pueda hacer.  Pero Pablo da palabras de esperanza cuando dice: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”  La clave está en Jesucristo.  Porque al fin y al cabo los que vivimos unidos a Jesucristo no seremos castigados.  El sufrió el castigo por nosotros en la cruz, y por lo tanto, nos dio el Espíritu Santo para que nos controle, nos de vida y nos libre del pecado y de la muerte. ¡Aleluya!

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