Gálatas 5 y 6: Firmes en la libertad

Antes de su conversión, Pablo fue uno de los más grandes fariseos de su tiempo.  Como judío leal hasta el fin, él torturó y mató cristianos que se salían del marco de la tradición judía para seguir a Cristo.  Si alguien pudo haber llegado a Dios a través de la obediencia de la ley, Pablo, siendo un fariseo estricto, lo hubiera logrado.  Sin embargo aquí, él critica la idea de que el amor de Dios puede ser condicionado a la cantidad de reglas que nosotros pudiéramos obedecer.  Las reglas solo pueden hacer una cosa, condenar a la gente y meterlas presas.  Nadie puede obedecer perfectamente las leyes de Dios y todos los que lo tratan van a descubrir muy pronto que van a terminar en el fracaso.

Esta carta ha sido llamada por algunos la “Carta Magna” de la libertad cristiana.  Pablo declara, “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.”  Gálatas nos enseña que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más.  También es cierto lo contrario, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos.  No hay que ganarse el amor de Dios siguiendo como siervos ciertas reglas preestablecidas.  Aprendemos aquí que Dios ha brindado su amor libremente sin condiciones previas.  Para mí esto tiene unas implicaciones tremendas que nunca debo olvidar de la misma manera que Pablo nunca lo hizo.

Trato de ponerme en la posición de Pablo por unos instantes.  Cuando se enfatiza la libertad en Cristo, uno está en una situación bien vulnerable.  ¿Cómo uno puede evitar que ese énfasis de libertad resulte en una conducta poco moral?  A eso se responde: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.”   El que crea que la libertad en Cristo significa hacer lo que le plazca sin tener temor a retribución de parte de Dios se va a encontrar con una gran sorpresa.  El mero hecho de pensar así, hace a uno pensar si ni siquiera a conocido a Dios en algún momento de su vida.  Pablo les dice a los gálatas, “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.”   Él añade, “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.”  Tengo que reconocerlo, es una lucha continua, pero el conocer la libertad en Cristo, jamás va a ser excusa para el libertinaje.

Las obras de la carne son claras: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto”.  Cualquiera que sea el pecado favorito de una persona, en alguna forma, variante o raíz se encuentra en esta pequeña lista.  No debe caber duda en la mente, “que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.”

Ahora viene mi lista favorita.  La que me dice lo que el Espíritu de Dios, que está en mi interior y me da vida produce en mí.  “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.”  Yo puedo llevar a la cruz mis pasiones y deseos para no solo vivir por el Espíritu, sino también andar por él.  La lógica es sencilla, ¿cómo es posible si el Espíritu esta en mí, yo desee y justifique vivir conforme a mis deseos y pasiones carnales?  Si opto por hacerlo, ¿no cuestiona eso si realmente tengo al Espíritu de Dios en mí?

Nunca se me debe olvidar la gran advertencia de Pablo, “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.”  Si sigo mis malos deseos, moriré para siempre; pero si obedezco a Dios, tendré vida eterna.  Lo que cuenta en el Señor es si soy una persona distinta, “una nueva creación.”  Y esa nueva creación es el resultado de estar en Cristo, vivir para él y dejar que su Espíritu en mí haga la renovación de mis pensamientos, corazón y voluntad.  ¡Renuévame, Señor!

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