Filipenses 2: Ser como Jesucristo

La iglesia local, aunque es el cuerpo de Cristo en ese lugar, es una organización compuesta de muchos creyentes.  Debido a que cada uno de esos creyentes traen consigo, no solamente la nueva criatura sino la vieja, siempre existen contiendas, peleas, celos y envidias.  Pablo nos da una de las claves para que esa organización pueda trabajar, “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”  ¿Podemos imaginarnos una iglesia local donde esto fuera así?  Ni uno solo de los participantes estaría buscando su bien sino el de los otros y reconociendo a los demás como más importantes que ellos.  Lo que algunas versiones traducen como “superiores a él mismo”, otras lo traducen “mejores” ó “más importantes”.  Uno indica en jerarquía, otro indica en valor.  Me gusta RV1960 porque para mí la iglesia no es un partido político donde buscamos posiciones para nuestro beneficio y adquirir renombre  La iglesia es el sitio donde actuamos con humildad, estimando superiores a otros porque si ese sentimiento estuviera en todos, nadie estaría buscando controlar o dirigir, sino que el Espíritu Santo tendría el espacio para elegir, nombrar y organizar.  Del otro lado, la iglesia no es el sitio para complejos de inferioridad, en sentirnos menos que nadie, porque somos hijos de Dios, coherederos con Cristo, real sacerdocio, nación santa y pueblo adquirido por Dios.  Ese balance de pensamiento debe existir en los miembros de la iglesia local.

Observemos Jesucristo, siendo en forma de Dios, decide renunciar a eso para tomar forma de hombre, obedeciendo hasta su muerte en la cruz.  Por eso, Dios le dio el más alto honor y puso su nombre sobre todo nombre “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”  Ese es el ejemplo a seguir.  ¿Cuán dispuesto estoy yo a dejarlo todo atrás para seguir el camino de la cruz?  Definitivamente que va a ver recompensa en el cielo aunque no necesariamente aquí, pero si mantengo mi mirada en él, si vivo agradecido por lo que él ha hecho por mí y le soy fiel, algún día lo veré y moraré por una eternidad con él.  No debo de aferrarme, sino dejar ir y dejar que Dios me tome para su gloria.

En ocasiones sentimos que hay que hacer algo para la obra y racionalizamos por qué no lo vamos hacer.  No se nos debe olvidar que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.”  Si estoy en comunión con Dios, si diariamente medito en su palabra y me acerco a él en oración, tengo que estar abierto a la posibilidad de que me va hablar, me va a mover y que yo tengo que ser sensible a eso para hacer su voluntad.  Pablo dice que en su caso aún hay la posibilidad de que lo maten, pero si sucediera, estaría contento porque sería parte de su ofrenda a Dios.  Deseo que esa misma disposición al servicio a Dios exista en mí.  No deseo morir físicamente, pero lo que si deseo es tener la disposición en mi corazón de servirle tanto con mi vida como, si llegara el caso, con mi muerte.  Al fin de cuentas, que todo lo que haga sea en el servicio de Jesucristo y su obra.  ¡Amén!

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