Filipenses 4: ¡Regocijaos en el Señor!

Los cristianos deberíamos ser la gente más alegre y feliz de la tierra.  Al fin de cuentas, Pablo continuamente nos exhorta a, “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”  Esto es aún en medio de asuntos que no eran perfectos.  Él les pide a dos de las mujeres de Filipo, Evodia y Síntique, “que sean de un mismo sentir en el Señor.”  Esto indica que tal vez tenían diferencias entre ellas o que estaban afectando la unión de los hermanos, o algún otro asunto que produjo que Pablo las mencionara para que se pongan de acuerdo como hermanas en el Señor y vuelvan a ser de un mismo sentir con la iglesia en aquel lugar.  Así que no todo era perfecto, habían sus situaciones, pero si había algo que todo el mundo debería estar haciendo, esto era el alegrarse en el Señor.

Pablo exhorta a que, “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”  Hay varios consejos para mí aquí hoy.  Primero, que no debo estar afanoso, eso es más fácil decirlo que hacerlo, porque en términos humanos siempre nos preocupamos.  A veces pienso si es parte de nuestra naturaleza, ante la incertidumbre de no conocer el futuro, que me preocupen las cosas que sé y que también me preocupen las cosas que no sé.  Por lo tanto, como no puedo reaccionar hasta que no me encuentre en la situación que no sé que voy a estar, lo mejor que puedo hacer es confiar en Dios, él cuidará de mí de la misma manera que cuida de la hierba del campo y los pájaros del cielo.  Puedo hacer lo segundo, pedirle a Dios lo que necesito y confiar. Si Dios es el creador y dueño de todo el universo, de seguro que es capaz de cuidar de mí.  Por eso, tengo que hacer lo tercero, que es dar gracias a Dios siempre.  Tal vez la primera vez que oro por el asunto, no puedo dar gracias por un resultado en específico pero si puedo dar gracias porque él va a contestar y va a tener cuidado de mí.  Así que, alma mía, alégrate, porque “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”  Dios me da paz y esa paz protege mi corazón y mi entendimiento.  ¿De qué me protege? De la duda, de la ansiedad y de vivir sin fe y sin esperanza.  ¡Gracias Dios por tu paz!  Aunque no lo pueda entender perfectamente, ¡tú eres mi Dios, mi Señor y mi Salvador, aquél que tiene cuidado de mí!

Lo que si puedo hacer y entender, es en que voy a pensar.  Voy a pensar en cosas buenas, en cosas que agraden a Dios, en aquellas cosas que lo puedo alabar y glorificar.  En realidad, después de un tiempo en el evangelio, uno si es honesto consigo mismo, sabe que cosas debe de pensar y que cosas tiene que echar fuera de la mente.  Si hago lo que aprendí en el Señor, tendré paz y el mismo Señor estará conmigo.  Mi aspiración es, cómo aprendió Pablo, a ser feliz en cualquier situación.  “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.”  No es que pueda declarar que lo haya alcanzado, pero vivo confiado que me puedo adaptar a las circunstancias porque “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”  No estoy solo, él está conmigo y suplirá todo lo que haga falta, conforme a su voluntad.

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