1 Timoteo 6: Esclavitud, piedad y contentamiento

Aunque hay referencias anteriormente sobre el tema de la esclavitud en lo que he leído, es la primera vez que voy a escribir sobre esto.  Es raro para mí, en este tiempo, pensar que Pablo no condena la esclavitud.  Es cierto que en esos tiempos la esclavitud era una institución, aún al extremo que uno podía venderse como esclavo.  Es claro también que lo que Pablo les dice a los amos en otras partes de las escrituras es un avance significativo con respecto a como se trataba a los esclavos en la época, pero me sentiría mejor si en algún sitio Pablo hubiera dicho que no estaba de acuerdo con ella.  A los esclavos cristianos les dice que sirvan bien, para que no se afecte el testimonio del evangelio y darle honor a Dios.

Hay dos cosas que parecen que van de la mano, piedad y contentamiento.  La piedad es la virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas, y, por el amor al prójimo, actos de amor y compasión.  El contentamiento es el sentirse satisfecho con lo que se tiene y posee.  El que enseña doctrina equivocada no se encuentra satisfecho porque se enorgullece de lo que sabe aunque en realidad no sabe nada.  En mi vida, vez tras vez, he observado a personas que vienen con doctrinas sacadas de la nada, solamente para sonar diferentes, henchidos de orgullo y pensando que ellos le hacen un favor a Dios por venir al evangelio.  En realidad, estos pseudo-líderes, se enorgullecen más por su vida pasada, disfruta las barbaridades que hicieron aunque culminan sus testimonios hablando de lo maravilloso que es Dios que los salvó.  Al fin y al cabo, lo que buscan es la ganancia monetaria que pueden obtener de las cosas de Dios.  De esa clase de gente me tengo que apartar.  Pero de los que son genuinos, los que son de verdad, los que predican la sana doctrina y practican la piedad, les veo la tranquilidad y paz que solo Dios puede dar.  No buscan enriquecerse, no aman el dinero sino que solo lo ven como un instrumento al servicio de Dios y su obra.  Estos son a los cuales yo me quiero parecer.

Mi deseo es pelear la buena batalla de la fe.  Yo quiero seguir una vida de rectitud, dedicarme a Dios, tener fe, amor, tener paciencia y humildad.  Deseo serle fiel hasta la muerte o hasta que el venga por segunda vez.  No digo, que sea fácil, pero la victoria está asegurada.  Dios es fiel, y me ha dado el Espíritu Santo para vencer.  No importa si a veces fallo, si hay periodos que me desanimo, si en ocasiones me desespero y pierdo la paciencia y me siento desfallecer espiritualmente.  El hecho es que esto es como estar en medio de una batalla.  Pablo le dice a Timoteo, “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.”  En ella, yo soy como un soldado que se esmera para alcanzar la victoria, el resultado final está garantizado, es la vida eterna, pero también quiero vivir bien, pelear bien y terminar bien en la fe.  No puedo confiar en lo que tengo, hay que confiar en lo que Dios es; aquel que es dueño de todo y que siempre nos da lo que necesitamos, no necesariamente lo que queremos, en abundancia para que lo disfrutemos.    Quiero ser generoso, y estar dispuesto a compartir lo que tengo, porque mi anhelo es acumular un tesoro en el cielo, y disfrutar la vida eterna.  Esta es mi oración y confío en la gracia y misericordia de Dios en que la va a contestar favorablemente.  ¡Amén!

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