2 Timoteo 1: No hay que avergonzarse del evangelio

Pablo está preso y probablemente acercándose a una muerte segura.  Alguien debe de continuar el trabajo en la obra y parece que Pablo decidió que ese fuera Timoteo.  Parece que está comenzando a sentirse solo y abandonado porque le escribe a Timoteo diciendo: “Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes”.  Esto suena a lamento, como alguien que esta al final del camino y son pocos en los que puede confiar.  A veces, él exhorta a Timoteo como alguien que está dando órdenes, permanece firme, supera la vergüenza, y aférrate a la fe.  Otras  veces usa un tono afectuoso como el de un padre agradecido.  Pablo y Timoteo se conocían muy cercanamente, la vida del apóstol se iba terminando,  y su consuelo lo era Timoteo.

Es claro que Pablo conocía a la familia de Timoteo.  La frase de “te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” indica para mí que Timoteo recibió el bautismo del Espíritu Santo como resultado de la imposición de manos del apóstol.  Esto podría referirse también al llamado al ministerio pero yo prefiero la primera posibilidad.  Por eso es que le pide que predique y no se avergonzara de conocerlo a él aunque estuviera preso.  ¿Por qué podría avergonzarse Timoteo?  Al fin de cuentas era Pablo, el gran apóstol.

Me imagino la situación.  Un hombre que toda su vida a predicado el evangelio respaldado con prodigios y señales de parte de Dios, esta preso , se siente abandonado y Dios no lo libera de la prisión  Se preguntará Timoteo, ¿es verdad todo lo que Pablo predicó?  Pablo le dice, “pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”  Pablo sabe que fue salvado y llamado conforme al propósito de Dios, y que todo lo que ha sido se lo debe a él.  Así que si Dios no lo libera, es porque es Su Voluntad y por lo tanto ni Pablo ni Timoteo tienen nada de que avergonzarse.

Tengo que aprender si Dios me libra de las trampas de mis enemigos, es para sus propósitos y su gloria; no porque yo sea especial y por eso nada malo me puede suceder.  Tengo que verlo desde el punto de vista de Dios.  Lo mejor que puede pasar en mi vida es que yo esté delante de su presencia, gozándome por toda una eternidad.  Pero eso no va a suceder hasta que sus propósitos para conmigo sean cumplidos.  Yo tengo que darle gracias a Dios, ya sea en la riqueza o en la pobreza, ya sea en la salud o en la enfermedad, ya sea levantado o caído, porque él me escogió, me llamó, me salvó, me santificó, me llenó de su Espíritu y un día me va a resucitar o me voy a ir con él cuando venga a buscar a su pueblo.  ¿Puedo en realidad pedir más?  Yo soy su siervo, él es mi Señor y yo estoy aquí en esta tierra para hacer su voluntad.  Es su plan, es su reino y yo me siento bien orgulloso y agradecido de servirle a él.  Este orgullo del cuál hablo es bueno porque no viene de lo que yo haya hecho sino viene de lo que él ha hecho por mí.  Lo que me queda por hacer es cumplir con lo que Pablo le pide a Timoteo, “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús.  Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros.”  Es mi oración de fe que Dios me ayude con su Espíritu Santo a guardar la sana doctrina porque ésta me conduce a una vida recta y es un tesoro que quiero guardar hasta el final.

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