Salmo 51: La gran confesión

Todos conocemos la historia.  El gran rey David envía sus tropas a la guerra, él se queda en Jerusalén y desde su palacio ve una hermosa mujer bañándose.  Pide que se la traigan, la toma pecando y cuando queda encinta, mata al esposo y se la trae a su casa.  Un profeta de Dios lo confronta con lo hecho, David reconoce su pecado, se arrepiente y tiene que vivir con las consecuencias.  Este salmo fue escrito por David luego de que es confrontado por el profeta.  Luego de una gran falla moral, David tiene convicción de pecado, y viene a donde Dios arrepentido.

En ocasiones he tenido que acercarme a Dios con palabras parecidas: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.”  Al fin y al cabo, pecar es rebelarse contra Dios.  Podemos darle la vuelta que queramos, pero la raíz de todo pecado está en nosotros querer rebelarnos en contra de lo que Dios enseña y representa y no querer someternos a su autoridad y señorío sobre nosotros.  Deseamos lo que no podemos tener o no queremos esperar y lo tomamos estando en contra de Dios y su Palabra.  Por eso es que todo pecado es en contra de Dios y David lo señala cuando dice: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”.  Por eso es que cuando peco, siempre tengo que venir a él, reconocer que me he rebelado, independientemente de cual ha sido la naturaleza de mi falta.

David reconoce lo que ha hecho y le pide a Dios: “Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.”  En ocasiones quisiéramos regresar en el tiempo, y tomar otro camino, otra decisión que pudiera borrarlo.  Pero eso no es posible.  Lo que sí puedo hacer es reconocer mi maldad, y lanzarme a los pies de la cruz, pidiendo misericordia y confiar en la promesa de perdón de pecados por lo que Cristo hizo en la cruz al morir por mí.  Su sangre derramada me limpia de todo pecado, y solamente él me puede devolver el gozo y la alegría que tenía antes de pecar.

No solo el salmista desea recibir perdón, sino que también quiere no volver a pecar.  Por eso es que le pide a Dios, “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.”  David entiende que el cambio que se necesita tiene que venir de adentro hacia fuera.  Todo comienza con la transformación del corazón  y la renovación de nuestro espíritu.  Solo Dios puede hacer la obra.  Si es a base de mi esfuerzo, voy a volver a caer, pero si me arrepiento y Dios interviene en mi vida dándome una nueva naturaleza, tengo la oportunidad de regresar al gozo de su salvación.  Tratar de ocultar el pecado tiene consecuencias sobre nuestro cuerpo.  Nos enfermamos, perdemos la paz y perdemos el gozo.  Pero el venir a él, me permite estar nuevamente en comunión que resulta en que pueda abrir mi boca para alabarle y glorificarle.

Lo sorprendente de todo esto, no es que David halla pecado, sino que siendo rey y estando sobre la ley de la tierra, él reconoce una autoridad superior que rige su vida y que él tiene que honrar y respetar.   David era pecador como todos nosotros, pero David tenía un corazón dócil, inclinado a Dios y anhelando estar en comunión con él.  Ese es el corazón que yo deseo tener.  No importa la falta, que me sienta confiado en regresar a Dios, pedir perdón porque sé que él va a tener sus brazos abiertos para recibirme.  Ese corazón es el que Dios nos da cuando nos selló y llenó con su Espíritu Santo.  ¡Continua llenándome Señor!

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