Salmos 1 y 2: Los justos y el reino

En ocasiones algunos se preguntan, ¿valió la pena conocer al Señor desde la niñez?  Al uno escuchar las historias de la juventud de algunos que estaban en el mundo, y luego de un bombardeo incesante de los medios de comunicación comerciales presentando una vida hedonista y de pecado como algo atractivo, viene la pregunta, ¿valió la pena?  En el primer salmo, la respuesta es clara y contundente, “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”.  No le quepa la menor duda a aquellos que se criaron en el evangelio, valió la pena.  Es bienaventurado aquel que ha permanecido limpio delante de la presencia de Dios.  En tiempos donde los malos y listos son los que reciben la atención, la regla para el cristiano es diferente.  El que medita en su palabra diariamente, y lo busca en oración va a tener raíces firmes y va dar fruto a su tiempo.  No solo eso, sino que Dios lo va a prosperar.

Hay que tener cuidado con esta idea de prosperar.  En nuestra época, prosperar lo asociamos principalmente con dinero.  Por ejemplo, Bill Gates ha sido prosperado grandemente.  Pero en realidad, uno puedo tener mucho dinero y no ser feliz.  Prosperar de parte de Dios es que él va a suplir mis necesidades en todos los ámbitos de la vida.  ¿Cuántos darían todo lo que poseen en cambio de que sus hijos sirvan al Señor o sean saludables, o formen buenos hogares cristianos?  ¿Cuántos harían lo que fuera porque sus cónyuges les amaran y sirvieran a Dios?  ¿Cuántos cambiarían de lugar con aquellos que tienen poco pero son felices y tienen el gozo del Señor?  Para aquél que no anda escuchando a los malos, le espera la prosperidad.

En el segundo salmo, que en Hechos se le asigna a David, vemos que el reino humano con el reino divino se mezclan maravillosamente contrastando el rey humano, David, con el rey divino, Jesucristo.  En Jesús, el Hijo de David y el Hijo de Dios, se cumplen todas las promesas dadas a David.  El mundo puede tratar de confabularse en contra del Ungido de Dios, pero no entienden ni saben que jamás podrán vencerlo.  Todas las naciones son su herencia, por eso sabemos que algunas partes son aplicables a David pero otras al Mesías, y todo lo que hay en la tierra le pertenece.  Así que si uno es sabio estará de parte de él.  Yo soy parte de su reino, soy parte de sus posesiones.  Jesús es el Señor y yo soy su siervo y por eso, yo quiero “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor”.  Al fin de cuentas son “Bienaventurados todos los que en él confían.”

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