Salmos 15 y 16: Sobre herencia y morada con Dios

La pregunta con la cual comienza el salmo es una variante de una universal que se ha hecho a través de las épocas.  ¿Quién se va a salvar?  Si reducimos la definición de salvación al hecho solamente de ir a morar eternamente con Dios al morir y escaparnos del castigo eterno, la pregunta que la humanidad se han hecho es,  ¿a quién Dios va a salvar?  Para David, la respuesta se circunscribe a una serie de características.  Se va a salvar aquel que vive con honestidad y practica la justicia; aquel que dice la verdad, el que no habla mal de nadie ni busca el mal de nadie, ni ofende a nadie.  David continúa diciendo que se salva aquel que se aparta de los que Dios desprecia y honra a quienes honran al Señor.  Se salva el que cumple sus promesas aunque tenga que sacrificarse para hacerlo, el que no es usurero ni se deja sobornar para causar daño al inocente.  Esta es la persona que se va a salvar y podrá estar siempre cerca de Dios.

¿Hay alguna sorpresa en lo que David dice?  No lo creo, es lo que se espera y el meollo de este asunto no está en saber lo que se espera de nosotros sino en hacerlo.  Es claro, que puedo hacer muchas de estas cosas pero el problema consiste en nunca fallar en ellas.  En eso entra el Espíritu Santo.  Con la presencia del Espíritu en mi vida, yo puedo vivir una vida que agrade a Dios.  No es por mí sino Cristo viviendo en mí.  Mi preocupación cambia, de tratar de portarme bien a dejar que el Espíritu Santo controle mi vida.  Mientras más control de mi vida le dé a Dios, más cerca estaré de una vida santa y agradable a él.  No es por mi esfuerzo sino por Cristo en mí.  Solamente así tendré la oportunidad de morar en el monte santo de Dios.  No por mí sino por lo que Jesús hizo por y en mí.  ¡Aleluya!

Unos de mis mejores recuerdos de mi juventud es la gran cantidad de coritos que cantábamos basados en porciones de los salmos.  Uno podía ir a través de ellos cantando con gozo varias docenas de coritos y había uno para cada ocasión.  Me imagino que ese era el mismo gozo con el cual Israel cantaba.  Al comenzar a leer el segundo salmo de hoy me recuerda un corito que la letra era los primeros dos versículos:

Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.

Oh alma mía, dijiste a Jehová:

Tú eres mi Señor; Tú eres mi Señor;

No hay para mí bien fuera de ti.

La realidad es que a través de la historia, los que sirven a Dios son la minoría.  En este caso, el pueblo de Dios se encontraba rodeado de gente que tenían otros dioses y les seguían con gran devoción.  Pero el salmista está comprometido a sólo servir a Dios, reconoce que sólo Dios lo colma de bendiciones y que todo su futuro está en sus manos.

Hay una frase que no es clara y es cuando dice: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos”.  Estas cuerdas se refieren al terreno que Dios le había dado por heredad.  Dios siempre lo bendecirá y en su momento lo levantará aún de entre los muertos.  Para Pedro y Pablo en el libro de los Hechos, este salmo se relaciona con Cristo y expresa los sentimientos de su naturaleza humana, en vista de sus sufrimientos y la victoria sobre la muerte y la tumba, incluyendo su exaltación  a la mano derecha de Dios.  El hecho es que Dios no solo cuida de mí durante mi vida sino también cuidará de mí en mi muerte.  Porque Jesús resucitó, yo resucitaré algún día, a menos que los cielos se abran antes y me voy con él en su Segunda Venida.  Ese es el gozo expresado en el salmo y esa es mi esperanza gloriosa.  ¡Amén!

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