Salmo 17: Escúchame y respóndeme

David aunque muchas veces le ruega a Dios que le sirva de refugio en tiempos de dificultad, también anticipa el momento de llegar a ver su rostro.  Esta es una meta que tiene valor sólo para aquél que ama profundamente a Dios.  El decir que quiere ver el rostro de Dios es conocerlo de una forma personal y profunda, sin las nubes de misterio que en ocasiones hace que la fe sea difícil.  Yo, como el salmista, quiero ver el rostro de Dios.

El salmista le pide a Dios que le atienda sus ruegos, que lo declare inocente porque Dios sabe lo que piensa, lo ha puesto ha prueba y la pasó.  ¿Cuántas veces hemos venido a Dios pidiéndole que nos escuche?  Lo interesante del caso es que Dios siempre nos escucha aunque no nos parezca.  Pero yo creo que la petición en este caso es escúchame y respóndeme.  Si no veo respuesta, ¿cómo sé que me escuchó?  David mas tarde declara, “Yo te he invocado, por cuanto tú me oirás, oh Dios; inclina a mí tu oído, escucha mi palabra.”   David tiene una combinación de creer y dudar porque por un lado dice que Dios lo va a oír pero inmediatamente le pide que escuche su palabra.  ¿De locos? No, ¿cuántos en ocasiones no nos hemos sentido así?  Sabemos que Dios escucha pero en un momento dado, en una circunstancia dada, nos parece que no nos está oyendo.  ¿Cuántas veces nos hemos sentido como la viuda ante el juez que tiene que continuamente repetir su petición de justicia?  La realidad es que él escucha y responde pero somos nosotros que no estamos en sintonía para oírle.

Esa relación especial que tiene David con Dios le permite pedirle: “Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas”.  Yo definitivamente quisiera que me guardara así.  David tenía que tener una relación estrecha con Dios para decirle: “¡Demuéstrame que me amas!  Yo sé que tienes poder para salvar de sus enemigos a quienes buscan refugio en ti.(TLA)”   ¿Te has sentido así?  Uno sabe que Dios le ama, pero al esperar y no ver la mano de Dios actuando visiblemente para uno, parece que no nos basta que él dijo que nos amaba sino que necesitamos verlo actuando a nuestro favor.  Quisiéramos la paciencia de Job pero en realidad no la tenemos.  Quisiéramos tener la línea directa con Dios que tenía Moisés pero no existe para nosotros.  Esto no es falta de Dios sino de nosotros porque a través de los años no hemos desarrollado nuestra relación con él de la forma que David, Moisés y Abraham lo hicieron.

El remedio es buscar más de él.  El remedio es buscar su rostro.  El remedio es acercarnos cada día más a él para aprender a confiar y adquirir una perspectiva de eternidad.  Es decir como David: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.”

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