Salmo 38: No me castigues, Señor

¡Señor, no me castigues!  Ésta frase no es tono de rebelión sino mas bien en tono de súplica.  Hemos pecado, le hemos fallado a Dios, nos damos cuenta y nos sentimos mal porque no era la conducta que esperábamos de nosotros mismos.  Pedimos perdón, pero nos damos cuenta que va haber consecuencias y venimos delante de su presencia, humildemente pidiendo, “Jehová, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira.”  Ya tenemos marcas sobre nosotros de nuestras consecuencias y castigo.

Luego de conocerle, cuando nos alejamos, en algunas ocasiones nos enfermamos, “Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira”,  en la mayoría de las otras ocasiones, no tenemos paz.  El pecado pesa tanto sobre nuestros hombros, que nos sentimos deprimidos y se manifiesta con “Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día.”  ¿Quién puede decir que nunca se ha sentido así cuando se da cuenta que no ha podido vivir conforme a las expectativas de uno mismo y de un Dios santo?

Cuando uno realiza que no puede cumplir, que ha fallado, emocionalmente se siente destruido.  Comienzan a verse, no solo las señales físicas, sino las emocionales de nuestra frustración de saber que no podemos cumplir.  De la misma manera que luego de correr una carrera con obstáculos, nos sentimos debilitados y molidos, así nos sentimos cuando se ha pecado pero sin tener el sentido de satisfacción que da el haber completado la carrera.  Nuestro único remedio es confesarlo y decirle a Dios, tu conoces mi corazón, aunque mis actuaciones no reflejan mi amor hacia ti, perdóname.  David tal vez lo expresa mejor al decir: “Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto.  Mi corazón está acongojado, me ha dejado mi vigor, y aun la luz de mis ojos me falta ya . . . Porque en ti, oh Jehová, he esperado; tú responderás, Jehová Dios mío.”  ¿Cuándo aprenderemos que el único remedio a nuestro pecado es Dios?  ¿Cuándo nos daremos cuenta, que es mejor confesarnos y lanzarnos a los brazos misericordiosos de Dios, que el tratar de ocultarlo?  ¿Cuándo aprenderemos el razonamiento del hijo prodigo de que es mejor ser un jornalero de nuestro padre celestial a estar un minuto más lejos de su presencia?  ¿Cuándo podremos entender que Dios está en el camino, con las manos extendidas para abrazarnos, esperando nuestro regreso?

El salmista viene en sí, sabe lo que tiene que hacer y concluye correctamente: “Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado . . . No me desampares, oh Jehová; Dios mío, no te alejes de mí.”  No hay nada mejor que el confesar nuestro pecado, recibir perdón y restablecer nuestra comunión con él.  Mejor es enfrentarnos a las consecuencias aquí en esta tierra de nuestro pecado con él, que enfrentarnos a el castigo por nuestro pecado al final de los tiempos.  Al reconciliarnos, sentimos como ese gran peso sobre nuestros hombros es quitado para ser depositado en la cruz.  Y ahora, para enfrentarme a las consecuencias de lo que hice, lo único que me resta por decir es: “Apresúrate a ayudarme, oh Señor, mi salvación.”

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