Salmos 42 y 43: Mi alma tiene sed de Dios

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía.”

Este es otro de mis salmos favoritos.  En más de una ocasión, este salmo expresó lo que sentía en mi alma en ciertos momentos de mi vida.  De la misma manera que un venado sediento busca el agua de un arroyo, así en ocasiones me he desesperado buscando la presencia de mi Dios.  No es que me haya dejado solo, sino que lo he necesitado y no lo he sentido a mi lado.  El salmista expresa su sed por Dios, una sed que surge no solamente de su necesidad física en medio de su problema y situación, sino también de su necesidad espiritual de poder sentir que está en todo momento delante de la presencia de Dios.  Tal vez lo que uno lamenta más en esos momentos que las cosas van de mal en peor, es observar cómo la gente al burlarse de uno se está burlándose de Dios.  Dios es real, es un Dios vivo pero eso no significa que uno no tenga que enfrentarse a dificultades.  Pero la gente toma el silencio de Dios como si no existiera o no escuchara o no se interesara.  Pero Dios no tiene que actuar como la gente desea, Dios actúa conforme a su voluntad.  Eso no quita que uno quisiera ver a Dios actuando de una manera contundente y espectacular.

El salmista recuerda los tiempos cuando no solo el iba al templo de Dios, sino cuando dirigía multitudes para llevarlas a adorar.  En esas circunstancias difíciles, la duda comienza a asaltar a uno, y se pone uno a pensar en tiempos mejores.  El salmista exclama: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?  Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.”  Tal vez la mejor receta para la duda es simplemente comenzar a alabar y esperar en el nombre de Dios.  Aunque inicialmente nuestra fe sea bien débil, la realidad es que la alabanza nos da esperanza y fortalece nuestra fe.

Me puedo quejar, puedo expresar mis dudas y mi desesperación delante de Dios pero al final voy a declarar que él es mi Dios y mi salvación.  Dudas, que vengan, pero yo me voy agarrar firmemente de mi Señor y voy a alabar su santo nombre.   ¡Amén!

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