Salmos 66 y 67: Alaben todos los pueblos a Dios

Dios es digno de toda alabanza.  A nosotros, los seres humanos, nos gusta alabar, o sea, elogiar, celebrar con palabras.  Lo hacemos con artistas, deportistas, políticos y familiares.  Tal vez todo eso viene de nuestro deseo de alabar a Dios.  Es curioso que cuando lo hacemos hacia otros es algo parecido a una celebración pero cuando nos alabamos a nosotros mismos se convierte en vanagloriarse o jactarse.

La razón de la alabanza a Dios es sencilla, ¿de que otra manera podemos reaccionar al observar sus obras?  “Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras!”  Israel tenía muchas grandes cosas que podía recordar que Dios había hecho por ellos.  Entre ellas, la liberación de Egipto con el cruce del Mar Rojo, “Volvió el mar en seco”, al cruce del río Jordan para entrar a la Tierra Prometida, “Por el río pasaron a pie”.  Vez tras vez, Dios los protegió, guardó y los salvó.  ¿Podemos nosotros decir lo mismo?  Dios ha estado conmigo toda la vida, nunca me ha dejado, ni abandonado.  En la escuela, en la calle, en el trabajo, en todo lugar siempre ha estado conmigo y me ha protegido.  Por eso, no hay otra cosa que pueda hacer que no sea, cantar “la gloria de su nombre; poned gloria en su alabanza.”

Aún en medio de los problemas y tribulaciones, el salmista sabía que Dios estaba sobre todo y que al final iba a sacar al pueblo a la abundancia.  Para el salmista toda tribulación era una prueba de Dios.  Él dice: “Porque tú nos probaste, oh Dios; nos ensayaste como se afina la plata.”  ¿Cómo considero mis problemas?  Nadie los quiere pero en ocasiones tenemos que considerar que tal vez Dios los permite para poder purificarnos.  Dios no sólo se preocupa por nuestro bienestar físico, sino que también se preocupa por nuestro bienestar espiritual.  Dios desea tanto proteger nuestros cuerpos como nuestra alma y espíritu.  ¿Hay otra forma de crecer espiritualmente que no sea en la prueba y tribulación?  Alabamos a Dios porque escucha nuestra oración, y es misericordioso para con nosotros.  ¡Alabado y glorificado sea el nombre de Dios!

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