Salmo 68: El Dios que nos salva

Muchos de los salmos eran cantados en el templo como parte del culto a Dios.  Pero es difícil saber en estos tiempos cómo la gente de aquel tiempo adoraba a Dios.  Por lo menos este salmo da unas ideas de cómo era que se usaba, “Ya se pueden ver las procesiones de mi Dios y Rey rumbo al santuario. Al frente va gente a cantarle con músicos, rodeados por jovencitas tocando la pandereta. (PDT)”  ¡Esto parece un culto carismático!  ¡Aleluya! Quizá fue cantado por primera vez cuando David trajo el arca a Jerusalén ó pudo haber sido usado  en una de las fiestas anuales según los peregrinos se acercaban al monte Sión de todas partes.  No sabemos pero definitivamente el salmo va dirigido al Dios que nos salva.  Su estilo patriótico y religioso parece un himno de batalla y a través de las épocas algunos lo han tomado así.

El salmista exhorta a Dios que se levante y destruya a sus enemigos y que haga que los justos se llenen de alegría y que hagan fiesta.  David insiste que cantemos canciones de alabanza al nombre de Dios y nos da razones para hacerlo.  Dios es el que manda la lluvia, cuida a los huérfanos, defiende a las viudas, da hogar a los desamparados y le da libertad a los presos en vicios y adicciones.

También es bueno recordar todas las veces que Dios nos ha salvado y protegido.  David menciona como cuando Israel llega al monte Sinaí y Dios estaba allí y el monte tembló ante la presencia de Dios y lluvias cayeron del cielo para que la tierra pudiera comenzar a producir.  Dios tuvo el cuidado de preparar la tierra para su pueblo.  Estas lluvias no son necesariamente de aguas sino también lluvias de bendiciones cuando recordamos al maná, las codornices, el agua que salió de la roca y todas las otras cosas que sucedieron  mientras estaban vagando en el desierto.

Se nos dice: “El Señor daba palabra; había grande multitud de las que llevaban buenas nuevas.”  ¿Cuál palabra?  Tal vez se refiere a los gritos de guerra de marchar hacia delante al salir a la batalla que en ocasiones coros de mujeres participaban en los mismos o en el recibirlos de vuelta de la campaña.  El hecho es que Dios les dio la victoria cuando entraron a la tierra prometida y fueron muchos los reyes que huyeron ante los avances de Israel.

Algo que no entiendo bien es cuando dice: “Monte de Dios es el monte de Basán; monte alto el de Basán.  ¿Por qué observáis, oh montes altos, al monte que deseó Dios para su morada?  Ciertamente Jehová habitará en él para siempre.”  La región de Basán era una región al este del Jordán que era muy fértil y parece que David compara la región o nación de esa área con Israel.  Tal vez por su fertilidad se puede pensar que Dios la bendecía pero el rey David declara que jamás compara con el monte Sión en el cual Dios decidió morar y así bendecir a Israel.  Aunque los montes de Basán eran más altos, Dios decidió morar en el monte de Sión, más bajo en elevación pero rebosando de la presencia de Dios.

El salmista exclama: “Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios el Dios de nuestra salvación.  Dios, nuestro Dios ha de salvarnos, y de Jehová el Señor es el librar de la muerte.”  En tiempo de dudas y dificultades es bueno recordar que Dios es el que nos salva.  Él es nuestro salvador.  ¿De que nos salva?  Nos salva de nuestros enemigos, de aquellos que nos quieren hacer daño y finalmente nos salva de nosotros mismos.  ¡Gracias Dios, porque en su momento me salvaste y me volviste a tus caminos!  ¡Tu Dios, eres mi Salvador y Señor!  “Reinos de la tierra, cantad a Dios, cantad al Señor.”

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