Salmos 120 y 121: ¡Líbrame de los mentirosos y protégeme Señor!

De todos los defectos de carácter, tal vez uno de los que mas daño hace a otros es el ser mentiroso.  Desde niño, la primera vez que mentimos y nuestros padres nos lo creen, aprendemos que tal vez hablando cosas falsas podemos poner la atención sobre otros y salvarnos del castigo.  La mentira, no solo afecta la vida de la persona que la practica, sino que afecta a los otros que nos rodean.  Uno no puede estar continuamente luchando contra aquellos que lo hacen continuamente.  Por eso tenemos que unirnos al salmista cuando dice: “Libra mi alma, oh Jehová, del labio mentiroso, y de la lengua fraudulenta.”  No solo yo no quiero mentir sino que no quiero que otros me mientan.  Sólo puedo confiar en Dios a que me libre de mi mismo y que me libre de la lengua de otros.

Este salmo es el primero de 15 salmos que se les llama salmos de las subidas o de las peregrinaciones.  Estos salmos los cantaban los peregrinos cuando iban hacia Jerusalén para los festivales tres veces al año.  Según iban ascendiendo a Jerusalén, sus corazones iban ascendiendo en anticipación a la adoración en la casa de Dios.  ¿Podemos decir lo mismo nosotros?  Tal vez debiera considerar el adorar en la iglesia con el pueblo de Dios como lo mejor que me sucede en la semana y según vaya pasando la misma, estar más y más deseoso de llegar a la casa de Dios para adorarle.

El próximo salmo es un clásico.  Casi lo puedo recitar de memoria.  No creo que haya mejor forma de meditar que simplemente dejar que éste salmo se profundice en nuestros corazones.  El salmista reconoce que de un solo lugar puede venir el auxilio y  la ayuda para las situaciones adversas de su vida.  Ese auxilio solo puede venir de Dios.  Él hizo los cielos y la tierra.  Me encanta cuando dice: “No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda.  He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel.”  Mi Dios siempre vela por mi, nunca permitirá que sufra daño alguno sino que siempre me cuida y nunca duerme.  El peregrino levantaba sus ojos a las montañas de Sión y sabía que la ayuda venía de aquel lugar.  El pueblo estaba seguro que Dios siempre los estaba protegiendo.

Este salmo me hace pensar en mi gran necesidad de que Dios me ayude y proteja.  Reconozco que toda ayuda humana es insuficiente y la verdadera ayuda viene de Dios.  En las buenas y en las malas, mi fe y esperanza está depositada en Dios.  ¡Señor, necesito ayuda, ayúdame a confiar en ti!

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