Salmo 150: Que toda la orquesta alabe a Dios

Esa orquesta en el cielo debe de ser tremenda.  ¿Me pregunto cuántos instrumentos tendrá?  Es claro que nosotros alabamos a Dios con nuestras voces unidas en cánticos de alabanzas.  Pero también es claro, que el salmista espera que los instrumentos musicales se unan a ese concierto hacia Dios.  No solo alabamos a Dios en su casa, en su templo, pero también tenemos que alabarlo en cualquier lugar donde veamos la gran obra que él ha hecho.  “Alabad a Dios en su santuario; alabadle en la magnificencia de su firmamento.”  Eso incluye también los cielos.  Este versículo es una invitación a los hombres y a los ángeles a alabar a Dios, los seres humanos en su santuario y los ángeles en los cielos.

Se nos ha dicho que los cielos cuentan la obra de Dios así, ¿qué mejor lugar para alabarle que cuando somos testigos de su gran poder? “Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza.”  Al pensar en proezas, pensamos en su creación, en su providencia y en su redención.  ¿Cómo Dios debe ser alabado?  Con la trompeta, el salterio, el arpa, danza, instrumentos de cuerda y tambores.  Todos los instrumentos tienen que ser puestos al servicio de adoración.  No es que haya instrumentos musicales que sean más santos que otros, sino que debemos apartar y consagrar esos instrumentos para la gloria de Dios.

Esta es una forma excelente de terminar el volumen de los salmos que ha sido enfocado a la alabanza a Dios.  La alabanza es lo que debe de haber en nuestros corazones y labios.  Cuando pensamos en todo lo que los salmistas nos han revelado acerca de Dios, acerca de las manifestaciones de su misericordia y gracia hacia su pueblo, definitivamente que es ocasión para alabar a Dios.  Esto es un concierto espiritual donde “Todo lo que respira alabe a JAH”.  Probablemente toda esa lista de instrumentos eran los usados en el templo así que el salmista sugiere que toquemos todos juntos para dar gloria a Dios.  La pregunta para nosotros es ¿respiramos?  Si respiramos, tenemos el privilegio de adorar a Dios.  Toda criatura en los cielos y en la tierra debe de alabar al verdadero Dios.

La aplicación para mi vida es sencilla,  ¿soy un verdadero adorador?  ¿Alabo al Señor con todo lo que tengo a mi alcance?  ¿Lo hago con gozo y alegría?  Dios no me deja nunca sólo, ¿no debo entonces alabarlo en todo momento?  Es mi oración que siempre tenga a flor de labios una expresión de alabanza para aquel que me creó, me salvó y dio su vida por mí.  ¡Aleluya!

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